MAYO 2021: SEGUIMOS RELATANDO
Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.
Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".
Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.
Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.
Más consejos para que el arte de escribir se
desarrolle en nosotros, los que amamos escribir…
La mente del escritor debe ser curiosa —como la del científico—para
observar lo que pasa alrededor. Siempre. Si no estás escribiendo, piensa en
lo que vas a escribir, como si fuera una obsesión. Si no lo haces así,
olvídate; esto no es lo tuyo. Esa obsesión hará que encuentres soluciones a los
problemas que vayan surgiendo. Es algo probado en el funcionamiento de la
mente: la inteligencia es crear o descubrir nuevas relaciones y eso solo se logra observando, investigando y
pensando en ello continuamente. De esta forma, dispondrás de mil recursos
para escribir. ¿Miedo a la página en blanco? ¡Absurdo! Todo puede ser convertido en literatura, en símbolos y palabras.
Escribe solo para ti. Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y
Mario Vargas Llosa son muy claros: no se escribe para lograr fama, sino para
hacer realidad lo que son tus “fantasmas” o “demonios”, para expulsar de tu ser
esa idea-tema-historia que tienes dentro. Escribir es crear un universo. Cuando escribas piensa solo en la
existencia del relato, del cual tú eres un personaje más: el que quedó “vivo”
para relatarlo.
Sigue un
método. Escribe con el corazón y corrige
con la razón. Primero plasma la idea del relato, luego esboza los
personajes y finalmente selecciona el ambiente. Pero una vez que has empezado,
no te detengas hasta terminarlo. Será una obra en bruto —“el magma”, como lo
llamó Vargas Llosa— que tendrás que rehacer. Retoca la gramática y haz fluido el lenguaje, que el vocabulario se
corresponda con el carácter de cada personaje. Leer el texto en voz alta te
ayudará a descubrir las discordancias, tanto en el tono (la actitud emocional
del narrador) como en el ritmo (la velocidad de las escenas y lo que se narra).
Y deja para el final el título y la síntesis que aparecerá en la
contraportada, tareas a las que conviene dedicar especial atención en el
espacio digital. Y ahora, descansa, déjalo dormir durante algún tiempo y vuelve
a releerlo bajo la perspectiva de un extraño.
.- Termina lo que has empezado. Por muchas enmiendas que hagas, nunca conseguirás alumbrar “la obra perfecta”. En algún momento, hay que decir ¡basta! De nada sirve tener mil proyectos comenzados y ninguno terminado. Incluso yo diría que no inicies uno nuevo sin terminar el precedente, sin perjuicio de que vayas esbozándolo. Una fórmula es fijar una fecha tope de finalización o una cantidad máxima de palabras, a condición de ser tolerante. Lo importante es poner la última piedra, no la primera.
El objetivo es publicar. Es preciso hacer público tu libro para que la gente te lea. De lo contrario, nunca sabrás su valor. Escribir todos los días está muy bien, pero conviene que alguien te diga si vas por el buen camino y te oriente sobre los defectos que has cometido. No solo te deben leer tus amigos y conocidos, también los maestros. Si no los encuentras, contrata los servicios de un corrector profesional. Y si no tienes recursos, envía tu manuscrito a varios editores para que te lo revisen o preséntalo a un concurso literario.
Escribir es buscar la felicidad. La escritura es una terapia. Esto lo habrás leído en muchos decálogos y es verdad. Razón tenía Gustave Flaubert al afirmar: “Escribir es una manera de vivir”. No digo que sea fácil, ya que muchas veces te sentirás agobiado porque no encuentras el camino: las ideas, las emociones y esa historia que parece tener vida propia no se convierte en el texto deseado. Pero sabes que trabajando, insistiendo, cometiendo errores y corrigiéndolos, pensando y “tecleando” una y otra vez, algún día tendrás lo que has soñado toda la vida: ¡Tu libro!
De El decálogo del buen escritor, por Carlos Balladares Castillo
Imagen de Cortázar: Fotografía de Sara Facio
Actividad sugerida:
Escribir un relato dentro de otro relato.
¿Cómo?
- Escribir con frases cortas.
- Escribir con vocabulario acorde al tono y al contexto.
- Emplear la palabra precisa: no agregues adjetivos que se pueden suponer con el objetivo de embellecer el texto.
- No tener miedo a equivocarse. Escribí y equivocate. Después cuando lo leas te darás cuenta de tus errores.
- Ser original. Escribí como vos mismo.
Fuente: Verbalina. Escuela creativa.


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